HISTORIA DE LA PIRATERÍA

Escritura para enrolarte en un barco pirata


LA ANTIGÜEDAD

 

El miedo a lo desconocido

 

Los marinos de la antigüedad carecían de brújulas y astrolabios y de otros medios mecánicos para conocer su posición y distancia a tierra. Una tormenta bien podría alejarles de ésta y desorientarles y quedarse vagando en la infinidad del océano al no poder precisar el rumbo de destino ni, incluso, el camino de vuelta a casa. Y la historia se les complicaría aún más cuando vemos el tipo de barco que utilizaban. Era mayoritariamente de remos y de poco calado, inestable cuando se enfrentaba a olas enfurecidas y muy parco en bodegas para el almacenamiento de mercancías y víveres.

 

Las limitaciones técnicas de la época (tanto en instrumentos como en la construcción de buques, lo que suponía un riesgo para navegar incluso en mares conocidos) junto con miedo a lo inexplorado, lo recóndito  e incierto (existía el convencimiento que detrás del horizonte el mundo se terminaba), hacían que los marinos no se alejasen de la costa en sus expediciones y que éstas se desarrollasen, sobre todo, durante el día y en las estaciones más propicias.

 

Habría que esperar a nuevos adelantos y a una concepción del mundo más global para que se aventurasen a largas travesías sin fecha de recalada. Las dificultades no iban a faltar, pero serían asumibles.

Mapa Mundi de Isidoro De Sevilla. Hacia 601

 

La legalidad de la piratería

 

La historia de la piratería es difícil de separarla de la historia de la navegación. Inicialmente, el robo, el secuestro y la esclavitud se consideraron práctica habitual entre los marinos. En la antigua Grecia, por ejemplo, los prisioneros de guerra solían terminar como esclavos dado que la mano de obra escaseaba (y no hay que remontarse tan atrás pues la esclavitud no se abolió internacionalemente hasta nada menos que 1929). Para Homero, escritor griego del siglo VIII a.C., Aquiles y Odiseo también ejercieron de piratas y, en la Micenas del siglo XVI al XIII a.C., era práctica habitual entre los reyes. Parecía, pues, no existir mucha diferencia entre navegante y pirata, situación que ha perdurado hasta bien entrado el siglo XVII.

 

Cualquier acto de pillaje inglés, francés u holandés después de la conquista de América contra barcos españoles (lo que suponía asaltar navíos, saquear bodegas, matar tripulaciones o raptar a algún dignatario para pedir rescate por él) estaba no sólo bien visto en las cortes de estos países, sino que se fomentaba su práctica dada la rivalidad que se tenían. No hay que olvidar los títulos de "Sir" que la corona inglesa otorgó a los piratas y corsarios Henry Morgan y Francis Drake (con cien años de diferencia) por sus andanzas contra los intereses españoles mientras que España clamaba un castigo ejemplar contra ellos, es decir, la horca.

 

Igual que el interés político existía el económico. Un capitán que perdiese sus mercaderías y parte de sus hombres, no importa bajo qué circunstancias, pocas excusas podía esgrimir ante sus armadores para salir airoso, sobre todo en una Europa que vivió al borde del hambre hasta el siglo XVIII. Volver con las manos vacías significaba a veces un duro golpe para la economía de la localidad y ya podía entonces darse por despedido y tildado de tener mala suerte, lo que le acercaba más a la pobreza por la dificultad de que le encargasen una nueva empresa. O podía ser acusado, incluso, de negligencia y cobardía, lo que suponía en ocasiones un ejemplar castigo. Si este capitán caía en desgracia perdiendo su carga, haría cualquier cosa para recuperar su valor. No podía defraudar a los armadores.

 

Los Caballeros de la Orden de San Juan eran cristianos defensores de la fe católica. Sirva esta anécdota para documentar lo antedicho. Pues bien, estos fervorosos creyentes de la época de los hermanos Barbarroja, hacían ejecutar a sus propios capitanes cuando perdían un barco a manos del enemigo. Ser débil significaba, además de perder una balandra o una plaza, poner en entredicho la credibilidad de un país o de una familia o de un mando. No es de extrañar que la defensa, tanto de las mercaderías como de un fuerte, se hiciese a muerte. Más valía perecer por el filo de una espada enemiga que terminar en manos de los propios compañeros acusado de cobardía y con una soga al cuello. Como muestra, el caso de Alonso Peralta. Estaba al mando del presidio de Bugía cuando el rey de Argel organiza un ataque en 1555 y se apodera de él. Alonso Peralta sobrevive al combate y cuando regresa a España es ahorcado por haber perdido la fortaleza.

 

Raptos, robos y saqueos

 

Los secuestros de altas personalidades, raptos y retenciones abundaban y estaban institucionalizados. Cuando se producía uno de ellos y, a falta del pirata que había cometido la tropelía, se declaraba  responsable subsidiario el país al que pertenecía éste (sobre todo en tiempo de paz) y  los embajadores se cruzaban sus respectivas quejas que la mayor parte de las veces no eran atendidas. Ante la falta de resultados diplomáticos, el estado ofendido actuaba por cuenta propia y comenzaba a requisar propiedades y bienes de ciudadanos que tuviesen la nacionalidad del infractor hasta compensar las pérdidas, siendo esta costumbre muy utilizada por todos los gobiernos europeos.

 

En 1540 Dragut, capitán berberisco y mano derecha de Barbarroja, es capturado por Andrea Doria y se le esclaviza como galeote durante cuatro años hasta que el propio Barbarroja paga 3.000 ducados por su rescate. Lo mismo que le aconteció a Miguel de Cervantes, hecho preso por los turcos durante cinco años hasta que su familia reúne el dinero suficiente (500 escudos de oro) para liberarle. Incluso Julio César, futuro emperador romano, fue retenido en el 78 a.C. por los piratas quedando libre sólo cuando sus compatriotas pagaron el rescate que pedían por su vida.

 

Respecto de los abordajes, que hoy creemos un acto de impiedad, no eran más que un trámite en el camino y lo realizaban hasta las armadas reales. Podemos leer a Antonio Pigaffetta, uno de los dieciocho hombres que regresaron de la expedición de Magallanes en su vuelta al mundo, contar que en septiembre de 1521 cuando abandonaban la isla de Cimbombón, cerca de Borneo, hicieron señas a un junco para que se detuviese, “pero como no quiso obedecer”, relata, “le perseguimos, le cogimos y le saqueamos” cogiendo al gobernador de Palaoán y emplazándole “a que en el término de siete días pagase por rescate cuatrocientas medidas de arroz, veinte cerdos, otras tantas cabras y ciento cincuenta gallinas”.

 

El mediterráneo

 

Los piratas se localizan allí donde hay tráfico de mercancías y en la antigüedad las rutas comerciales se situaban en el Mediterráneo.

 

Utilizaban embarcaciones manejables y pequeñas para realizar ataques rápidos por sorpresa o para huir con premura, pudiendo transitar por aguas poco profundas y esquivar así a sus perseguidores. Serían, con toda probabilidad, barcos de pesca, a veces ataviados con velas latinas.

 

Cuando escasean los barcos a los que abordar, los piratas saquean pequeñas poblaciones de la costa. Su objetivo son las vituallas y la recompensa por liberar al mando de la guarnición o el depósito que debían de hacer los habitantes para evitar el incendio de la ciudad.

Mapa de Europa y Afríca de AlIdrissi. Año 1154

 

Los pueblos, para defenderse y poder huir a tiempo de la amenaza pirata, construyen torres de vigilancia o atalayas y torres de defensa. Quedan restos en las islas del mar Egeo y en el levante español (se pueden ver todavía hoy la semienterrada del Llano de Carchuna, Mijas, Conil o Manilva).

 

Los más famosos. Polícrates y Sexto Pompeyo

 

Polícrates fue el más famoso pirata de la antigüedad. Llegó a contar con más de cien naves, se alió con el faraón Amasis y reinaba en todo el Asia Menor llegando a cobrar tributo a los barcos que pasaban por sus dominios. Muere en 515 a.C. después de que el gobernador de Lidia le citara para una entrevista y le tendiese una trampa.

 

Sexto, hijo de Pompeyo el Grande, también se convirtió en pirata. En el año 30 a.C. recibió las islas de Sicilia, Cerdeña, Córcega y Acava para mantener a Roma abastecida de grano, pero lo que hizo fue bloquear los aprovisionamientos y enriquecerse. Tres años después, Agripa, bajo el mandato de Octavio Augusto, lo venció en Sicilia en la batalla de Nauloque.

 

 

LOS BERBERISCOS

 

Guerra de religiones

 

Las cruzadas, el desarrollo del Islam, las incursiones turcas en Constantinopla y al sur de Italia y la expulsión de los musulmanes de España por los Reyes Católicos hacen que el Mediterráneo sea un foco permanente de tensiones. La mayoría de moriscos exiliados se instalan en las costas del norte de África clamando justicia por su destierro, su derrota y por haber sido humillados y desposeídos por la monarquía española. Juran vengarse. En 1500 la guerra corsaria berberisca es un hecho. Además del beneficio económico buscan una venganza religiosa.

 

Mercenarios

 

Vizcaínos, catalanes y franceses; hasta los Caballeros de la Orden de San Juan, expulsados de Jerusalén y asentados en Rodas; atacan a barcos turcos con las bendiciones de las más altas autoridades. Practican el corso. Y cuando no hay presa a la vista acuden al bandidaje por su cuenta.

 

Pedro Navarro, Capitán General de Infantería en Italia, fue hecho prisionero por los franceses en 1512, quienes pidieron 20.000 ducados de rescate. El pago no lo realizan los españoles sino el propio rey de Francia, Francisco I, pasándose el español a su bando y convirtiéndose en General francés. El final de este corsario no es muy halagüeño pues fue finalmente capturado por los españoles y ejecutado.

 

Los hermanos Barbarroja

 

En este marco hacen su aparición los hermanos Barbarroja, Aruch y Jereddín, hijos de un cristiano de Lesbos que renegaron de su religión. Aruch, el mayor, había sido apresado anteriormente cerca de Creta por piratas rodios y durante dos años estuvo esclavizado como galeote. Hasta mediados del siglo XVI luchan contra los cristianos: Sicilia, Nápoles, España, Grecia, siembran el pánico con su estela.

 

Túnez se había convertido en un nido de corsarios y los objetivos de Barbarroja eran las costas occidentales de España, Francia e Italia así como las islas más importantes: Corfú, Mahón, Sicilia, Orán, Bugía, Argel, Trípoli. España había conquistado Ceuta en 1415 y ahora se anexionaba Melilla (1497). Las batallas eran continuas y los gobiernos acudían a los piratas para perseguir y esquilmar a los enemigos de la patria, lo que se denominaba armar en corso, dado que la mayoría de los países carecían de armada. Las plazas caían y eran reconquistadas para posteriormente volver a perderse.

 

Grandes batallas

 

Las luchas, en ocasiones, tenían la consideración de épicas: 7.000 españoles conquistaron Mazalquivia en 1505. El marqués de Comares fue contra Orán en 1518 con 10.000 soldados. Hugo de Moncada preparó el asalto a Argel un año más tarde con 4.500 hombres. Con la llegada de Solimán el Magnífico en 1520 la guerra se recrudeció. En 1522 se apoderó de Rodas expulsando a los Caballeros de la Orden de San Juan. Aruch Barbarroja combatió por el peñón de Argel con 1.200 hombres en 1529. Andrea Doria, al servicio de la corona española, se apoderó en 1532 de Corón, ciudad turca al sur del Peloponeso, con unos 10.000 veteranos. Más de cuatrocientos barcos y 30.000 soldados españoles, italianos y alemanes al mando del propio Carlos V se concentraron en Cerdeña en 1535 para asaltar Túnez, reconquistado por Barbarroja. En 1538 el papa Paulo III une a españoles, genoveses y venecianos en un número de 70.000 para dar captura a Barbarroja en el mar Adriático. Al año siguiente, Barbarroja asalta el presidio de Castilnuovo, en la costa Dálmata, acabando con más de 4.000 españoles. En 1541 Carlos V, con 24.000 hombres, pone rumbo hacia Argel. Felipe II, en 1560, reúne a 11.000 hombres para conquistar Trípoli. O los 25.000 que reunió Dragut para lanzarse contra Malta en 1565.

 

Lepanto, el ocaso de la piratería musulmana

 

Los turcos habían conquistado Chipre en 1570. En 1571 el Papa Pio V, Venecia y España deciden liberarla y poner freno a la expansión musulmana. Son 230 los galeones turcos y berberiscos que se reúnen frente a los 215 cristianos que están al mando de Juan de Austria. Ambas armadas se enfrentan finalmente el 7 de octubre y los resultados son espectaculares: no escapan más de 30 navíos musulmanes, se producen cerca de 30.000 bajas en las filas berberiscas entre muertos y heridos y se cuentan 3.000 prisioneros mientras que son 15.000 los cristianos liberados de los remos. En el convoy de Juan de Austria las bajas son menores: diecisiete galeras perdidas, 8.000 muertos y 21.000 heridos.

 

Con esta batalla no desaparece ni la piratería ni el corso berberisco en el Mediterráneo, pero se independiza de la política, siendo sus acciones más de saqueo y pillaje. Igualmente, a partir del siglo XVII los piratas europeos casi desaparecen del Mare Nostrum. Los mares del Caribe y de las Antillas y los galeones españoles repletos de oro, plata y especias han concentrado la atención de los nuevos piratas a la espera de un buen botín.

 

 

EL CARIBE

 

Colón en América

 

En 1492 Colón llega a lo que hoy es América. Creía que iba a encontrar especias en abundancia y grandes riquezas, pero regresa a España con apenas algunos collares y pulseras de oro que han arrebatado o cambiado por baratijas a los indios. Durante los años que siguen se suceden las expediciones y los españoles guardan celosamente el camino a aquellas nuevas tierras. Pero el secreto se filtra en las tabernas y en los despachos oficiales y se va extendiendo por Europa una leyenda que crece como una bola de nieve: El Dorado. El Nuevo Mundo significa, ante todo, prosperidad.

 

Los franceses a la espera de los galeones

 

Hasta el año de 1521 los españoles son los únicos que saben llegar a América. Después de esta fecha, cuando el pirata francés Jean Florín apresa en aguas de las Azores a tres carabelas españolas cargadas de oro y piedras preciosas a su regreso de su viaje trasatlántico, queda confirmada la leyenda de El Dorado. Ya no basta con los asaltos en aguas de Canarias, Azores y Cabo Verde, donde se espera a la flota de Indias pues los piratas desconocen la ruta al continente americano, sino que hay que acudir al origen mismo de la riqueza. Por este motivo se comienza a secuestrar a los pilotos españoles, que serían quienes les condujesen hasta las plazas de ultramar.

 

Esta iniciativa tuvo el apoyo regio por parte de Francia. Francisco I, que había recibido a Jean Florín después de su depredación como un héroe pues estaba en guerra con los Reyes Católicos, comienza a otorgar patentes de corso a todo aquel que se aventurase a diezmar a los españoles.

 

Ingleses y holandeses se suman al pillaje

 

En 1527 el mismo Jean Florín es capturado y Carlos V le manda ahorcar. Al año siguiente los franceses llegan a América. Es el comienzo de la piratería a gran escala en el Caribe. Les siguen los ingleses, inicialmente como contrabandistas, y, hacia finales del XVI, los holandeses, buscando la sal que Felipe II les había vetado.

 

Abordajes, asaltos a poblaciones, secuestros, quema de ciudades, compra-venta de esclavos, asesinatos, violaciones. Hacia 1630 el Caribe estaba infectado de piratas y su centro de operaciones lo establecieron en la isla de la Tortuga, al noroeste de la Española, hoy República Dominicana y Haití. De allí surgió la emblemática “Cofradía de los Hermanos de la Costa”, que unía a hombres de cualquier nacionalidad y credo, hoy bien conocida por los relatos de Alexander Exquemeling, médico holandés que estuvo a las órdenes del pirata-corsario inglés Henry Morgan, y los del clérigo francés Labat.

 

Son casi cien años de piratería contra las naves y posesiones españolas. Y en todo este periodo, España pasa de ser la primera potencia naval a dejar a Inglaterra este mérito. La idea inicial de Francisco I de Francia de atacar a los españoles en las colonias para frenar su desarrollo e impedir que aventajase económicamente al resto de potencias europeas, ha tenido sus frutos, utilizando a la piratería y al corso para conseguirlo. Pero pasado los años, Francia, Inglaterra y Holanda tienen intereses en la zona y están dispuestos a defenderlos del monstruo que han creado. Saben que para lograr sus objetivos han de tener mano firme y dura para librarse de los que hasta hace poco han sido sus aliados, es decir, de los "Hermanos de la Costa", la formación pirata más sólida, organizada y temida que ha existido jamás.

 

Cofradía de los Hermanos de la Costa

 

La "Cofradía", en su existencia, recibe dos severos golpes. Uno de ellos fue en el año 1655 cuando un grupo de piratas ingleses parte de la Tortuga y se apodera de Jamaica fundando la ciudad de Port-Royal. La recién inagurada colonia invita a los filibusteros ingleses a instalarse allí y todos los que son de origen británico desertan inmediatamente de la Tortuga; isla que queda diezmada y, por primera vez, dividida en cuanto a la nacionalidad de los cofrades. Ingleses en Jamaica y Franceses en la Tortuga.

 

El segundo mazazo se fragua a partir de esa misma fecha. Un nuevo gobernador llega a la Tortuga nombrado por el Administrador General de Finanzas de Luis XIV. Se trata de Bertrand d'Oregon, antiguo "ex-Hermano", que es reconocido como tal a su llegada. Los cofrades no ven peligrar su régimen de vida con esta elección a sabiendas que la metrópoli les está fiscalizando, pues todos los gobernadores anteriores sucumbieron al influjo de la vida pirática y la corona tuvo que posponer sus planes de asentamiento. Pero con D'Oregon van a cambiar las cosas.

 

D'Oregon es un funcionario implacable cuya misión es la de establecer una colonia francesa en el continente americano y va a poner todo su empeño para no defraudar al Rey. Su táctica es la de poblar primero la Española y, posteriormente ,"civilizar" a los bucaneros. Sabe que lo puede conseguir y que es cuestión de tiempo.

 

En dos años llegan de Francia más de dos mil colonos que son instalados en la Gran Antilla para cultivar cacao, maíz, tabaco, cochinilla y café. Se encargan del ganado y acuden a las minas, aun cuando no sean de oro ni de plata. Los colonos se convierten en trabajadores al servicio de la metrópoli, aceptando sus leyes, su política y sus instituciones. Son fieles siervos de los que no hay que preocuparse.

 

La segunda medida es que arraigue la disciplina entre los antiguos piratas. Y para lograrlo, D'Oregon no hace más que traer a un centenar de mujeres blancas que se instalarán de por vida en la isla. Los "Hermanos", que sólo convivían con esclavas, sucumbieron sin remedio a sus encantos. Que el contingente enviado estuviese compuesto de rameras, presas o ladronas no fue ningún inconveniente para ninguno de los bandos, al contrario, todos estaban acostumbrados a una vida ruda y aventurera y no les costaría mucho adaptarse a la nueva situación.

 

En efecto, los filibusteros se comprometen con D'Oregon a comprar a aquellas mujeres y a considerarlas sus compañeras, nunca sus esclavas. Y si alguna fuese maltratada podría ésta romper la unión unilateralmente para unirse a otro "Hermano".

 

Muchas tuvieron hijos, se hicieron edictos que confirmaban sus derechos, el comercio empezó a ser ventajoso y las nuevas parejas se fueron convirtiendo en burgueses, abandonando poco a poco la vida de abordajes, asaltos y pillajes. Algunos de los piratas allí radicados siguieron surcando los mares en busca de nuevos botines, pero la "Cofrafía de los Hermanos de la Costa", con esta medida, había sido herida de muerte.

 

El declive de la Tortuga

 

En 1667 el noroeste de la isla de la Española va a llamarse Saint Domingue y, definitivamente, pasa a la Corona Francesa. La influencia política de la nueva colonia en la Tortuga va a ser notoria. En 1683, después de un controvertido ataque a Vercruz, se prohibe a los filibusteros hacerse a la mar bajo pena de confiscar sus bienes y ser castigados en público. La orden, sorprendentemente, es acatada. Parece que las ideas "civilizadoras" de D'Oregon han dado su fruto y su distanciamiento con los ingleses, lo ha propiciado.

 

Su división se materializa en el año de 1689 cuando España, Inglaterra y Holanda atacan a Francia por motivos sucesorios en el Palatinado. En la batalla de Cap-Français filibusteros ingleses y franceses se lanzan unos contra los otros. Nunca antes se habían enfrentado por razón de nacionalidad. Los estados han sabido dirigir los pasos y dividir a los piratas. Ya no hay marcha atrás. Los hombres de la Tortuga no son más que una "legión extranjera" al servicio de Francia: poco queda ya de la originaria república libertaria.

 

En 1700 muere Carlos II de España y en su testamento designa a un Borbón, nieto de Luis XIV (el Duque de Anjou), para que lo suceda en el trono. Felipe V reina en España y ambos países mantienen una larga paz, apoyándose mutuamente en Europa y América. Los filibusteros, con este nuevo cambio de rumbo en la política exterior, pierden la protección real y los que no se "convierten", son perseguidos y expulsados por las dos potencias. Así, Du Casse, el "corsario luterano" francés que luego pasó a ser almirante de la armada franca, termina protegiendo los galeones españoles en su ruta de vuelta a la Península.

 

La Tortuga, refugio de piratas, es ahora una honrada colonia donde la ropa blanca ondea al viento, bulle la sopa y el adulterio es considerado una infamia.

 

Jamaica y Herny Morgan

 

La Tortuga ha quedado "domada" y los "Hermanos" que se trasladaron a Jamaica van a correr idéntica suerte.

 

Jamaica, en paralelo a la evolución de la Tortuga, vive momentos de gloria hasta que Londres nombra "Sir" a Henry Morgan. Tres años está Sir Henry en Inglaterra y, a su vuelta a Jamaica como gobernardor, hace prevalecer su título y las órdenes que recibe de su señor. Se firma el "Tratado de América", por el que Francia, Inglaterra y España se comprometen a acabar definitivamente con la piratería, se proclaman amnistías generales, se regala tierra a los "Hermanos" que quisieran poseer una plantación, se ahorca a los filibusteros que vuelven a navegar para escarmiento del resto... todo para poner orden en la isla.

 

Morgan juega un papel importante en esta trama. Es el dueño de Port Royal y se ha tomado muy en serio el papel de Alto Funcionario de Su Majestad, como ya lo hizo D'Oregon en la Tortuga. Nombrado Sir en reconocimiento a las calamidades, devastaciones y desastres que ha realizado contra los españoles tanto en el mar como en tierra, Henry Morgan pasa de ser pirata y corsario a ejercer como gobernador sumarísimo, mostrando un exceso de celo en su cometido y persiguiendo a los filibusteros a los que trata de "carroña", "pestilencia" y "canalla". Sus antiguos compañeros de armas son ahora una pandilla de pérfios y crueles maleantes a los que hay que exterminar. Y se jacta de ello escribiendo: "He dado muerte y puesto en prisión o entregado a los españoles para que fuesen ejecutados, a todos los piratas ingleses o extranjeros que cayeron en mis manos". Otros tiempos otras prioridades.

 

Jamaica queda liberada de filibusteros. Los que restan, ya son pocos. La era dorada de la piratería: tesoros enterrados, abordajes, borracheras de ron en cubierta durante días, mulatas en las tabernas, juego de naipes y dados, contrabando; la era dorada ha escrito su epílogo.

 

Los últimos piratas del Caribe

 

Los últimos grandes piratas y corsarios son el capitán Kidd, ahorcado en 1701 en Londres por atacar dos barcos franceses cuando Guillermo III de Inglaterra le había autorizado como cazarrecompemsas . Edgard Tech, Barbanegra, muerto en combate frente a Virginia en 1718 por los hombres del buque inglés Ranger tras sufrir veinticinco heridas, cinco de ellas de pistola. Y Bartholomew Roberts, que llegó a capturar unos cuatrocientos buques, cifra nunca superada por ningún pirata, y que fue herido de muerte en el cuello por una andanada del navío de la armada inglesa Swallow; siendo su tripulación detenida y posteriormente ahorcada en el castillo de Cape Coast hasta morir después que un tribunal juzgase y condenase por piratería y crueldad hasta cincuenta y dos de sus hombres.

 

Decisión política contra la piratería

 

Es la presión oficial la hizo desaparecer a los piratas. Las paces entre los gobiernos europeos a finales del XVII empezaron a ser más duraderas y los piratas, menos necesarios. No hay que olvidar que las armadas reales obedecían las treguas, los pactos y los acuerdos, pero el corso que navegaba bajo un pabellón seguía ejerciendo de pirata cuando expira su patente sin que importase la nacionalidad de la presa. De esta manera, un aliado en tiempo de guerra llegaba a convertirse en un quebradero de cabeza en tiempo de paz pues sus asaltos y tropelías cada vez eran menos justificables.

 

Por otra parte, holandeses, ingleses y franceses habían instalado colonias en las Antillas y en América del Norte y se propusieron que nadasen en la prosperidad. Así que para conseguir esta empresa debían minimizar los riesgos, es decir, debían de terminar con los piratas que tan perjudiciales eran para sus intereses; más perjudiciales que los españoles, pues ya se habían encargado de limitar su poder e influencia durante los últimos doscientos años.

 


Rumbo a la Isla Del Cofre